El escritor e historiador padecía una severa
insuficiencia respiratoria. Fue periodista y columnista de El Observador desde
1995
Lincoln Maiztegui Casas murió a los 73 años,
luego de sufrir una severa insuficiencia respiratoria por la que en las últimas
semanas estuvo internado en un sanatorio de la capital.
Nacido el 11 de agosto de 1942 en Montevideo,
en el seno de una familia de clase media, Lincoln se había imaginado desde niño
dedicado a la música -su gran vocación-, pero la férrea oposición materna,
sumado a sus múltiples inquietudes intelectuales, lo llevaron a desarrollar una
intensísima actividad en la docencia y en el periodismo.
Licenciado y profesor de Historia, periodista,
escritor y ajedrecista – podría hacer pensar en un hombre del Renacimiento, Lincoln
comenzó a trabajar en El Observador en 1995 y en esos 20 años dejó su estela en
cada rincón del diario.
Brilló sobremanera su aporte a la monumental
Gran Enciclopedia del Uruguay, del 2001, editada por El Observador, considerada
la primera obra multidisciplinaria por entradas ordenadas alfabéticamente
realizada en el país. Y pudo volcar allí su experiencia de la sección de
Historia Americana de la Enciclopedia Universal Grand Larousse.
En los últimos cinco años, los lectores
disfrutaron de la alta calidad estilística de Lincoln en sus columnas
periódicas y en la clásica contratapa de los sábados, donde se reflejaba toda
su sapiencia en analizar el personaje o el hecho de la semana. Textos que
escribía con placer y que, según confesó una vez en el programa de radio En
Perspectiva, los redactaba «muy rápido y casi en limpio» pese a su
obsesión por el buen uso del lenguaje.
La labor periodística, que impone el ritmo de
la inmediatez, la combinó con la publicación de más de una docena de libros de
Historia en tono de divulgación y de ensayo. Ya es un clásico en una biblioteca
su obra Orientales, de cinco tomos, que recoge la historia de Uruguay desde su
nacimiento hasta la primera presidencia de Tabaré Vázquez (2005-2010).
También publicó en cuatro tomos
«Caudillos y doctores», donde pinta la personalidad y el contexto en
que vivieron y gobernaron personalidades que reunían esta característica en la
política local. A este libro «hay que recurrir una y otra vez para
entender elementos del presente (ya que) el siglo XIX de Maiztegui se despliega
como un fresco vivo y sensitivo», dijo en un comentario el periodista
Valentín Trujillo.
Lincoln formaba parte de una pléyade de
intelectuales de las que quedan muy pocos en el país, y muy seguramente la
Historia le reconocerá su gran aporte al debate de ideas desde la década de
1990 hasta el final de sus días, y que obligaba a pensar acerca de los
problemas que castigan el progreso.
El último texto de Lincoln, publicado en El
Observador del sábado 22, es un ejemplo vivo de la pluma punzante y provocadora
que lo caracterizó. Una gran pluma ineludible para las controversias por lo
alto porque como dijo una vez el escritor y periodista español Juan José
Millas, «no se puede escribir mal y pensar bien».
Esa columna final plantea una profunda
reflexión sobre el retraso de América Latina respecto a Europa e incluso en
relación a los países del viejo continente en situación de «crisis»
como España.
«Hemos quedado retrasados en materia
económica, industrial, e incluso cultural, lo que me produce una sensación de
fracaso absoluto, porque lo otro tiene una explicación racional y esto
no», reflexiona al escribir sobre su experiencia de un recentísimo viaje
por el viejo continente.
Lincoln comenzó a despuntar en el periodismo en
los últimos años de la década de 1970 en España, país al que llegó en 1976 con
la excusa de un campeonato de ajedrez, pero con el propósito último del exilio.
En los 15 o 16 años que estuvo en España, trabajó en revistas de Historia y en
otras especializadas en ajedrez, y en el diario El País de Madrid. Esa pasión
por el ajedrez lo llevó a participar en un exótico torneo que se realizó en la
Libia de Muammar Gadafi, sobre el cual escribió uno de sus memorables
artículos.
De regreso a Uruguay en los primeros años de
la década de 1990, fue un destacado crítico de la sección Vida Cultural del
semanario Búsqueda, y tuvo un breve pasaje por la desaparecida revista Posdata.
El primer año del siglo XXI lo recibe con el reconocimiento a la cultura del
Premio Morosoli de Plata por su aporte al periodismo escrito.
Junto a su profusa labor en la prensa, cumplió
una loable tarea como profesor de Historia, otra de las grandes pasiones de su
vida desde 1968 cuando empezó a dictar clases, tarea que se extendió
aproximadamente hasta 2010. El profesor Lincoln era uno de esos docentes que
todo estudiante siempre quisiera tener: erudito, dedicado y excelente
comunicador, tres cualidades esenciales de los grandes maestros. Enseñaba en
liceos privados de Montevideo con el mismo temperamento pasional y actitud de
tolerancia del que brota de sus columnas.
Pese a que hacía cinco años que había dejado
las aulas, Lincoln era tan querido por sus estudiantes que en su casa siempre
había ex alumnos. «Mi casa está permanentemente llena de muchachos y de ex
alumnos», dijo en el programa de Emiliano Cotelo, el 22 de marzo de 2013.
Lincoln era un profesor apasionado y muy
interesado en despertar interés en la Historia en sus jóvenes estudiantes. En
ese sentido, estaba convencido de que más relevante que explicar los
acontecimientos desde la evolución del PIB, era hacer foco en los protagonistas
de los hechos. Es por eso que los estudiantes de Lincoln saben quién es Juan
Antonio Lavalleja, Fructuoso Rivera o Manuel Oribe.
«La Historia no es más que una entelequia
que nos creamos de la interacción de los individuos», le dijo a la
periodista Ana Jerozolimski en una entrevista en Montevideo Portal, el 2 de
diciembre de 2014.
Sus intereses intelectuales eran tan diversos,
que cuando Jerozolimski le preguntó cómo se veía a sí mismo, Lincoln no optó
por ninguna de sus vocaciones, sino por todas a la vez. Parafraseando al
periodista Miguel Ángel Bastenier, bien podría decirse de que Lincoln es la
suma de todo lo que es: profesor, historiador, periodista, escritor,
ajedrecista… y melómano. Porque quien hable de Lincoln no puede obviar su
vocación por la música y su sensibilidad musical desde que a los cuatro o cinco
años se emocionó escuchando en la radio de su casa el tercer movimiento de la
Sinfonía Nº 40 en Do Menor de Mozart.
Lincoln estaba convencido de que estaba
«dotado naturalmente de una manera superior a la media, (…)» para
la música. Y esos dotes los canalizó en guitarreadas con amigos y en convertirse
en un sabio de la música clásica y del canto lírico, sin dejar a un lado el
compás del dos por cuatro. Conocía mucho sobre Carlos Gardel. Pero también
podía hablar una noche entera de Amalia de la Vega y de Bing Crosby.
Lincoln tenía una condición ética admirable y
necesaria en un intelectual: todos sabían el punto de vista desde donde
analizaba los hechos. Todos sabían dónde colocaba la cámara como aconsejaba el
cineasta François Truffaut.
La cámara de Lincoln se ubicaba en las ideas
políticas de los «blancos» que a veces él interpretó dentro del
Partido Nacional y otras veces afuera y que lo llevaron a militar en tiendas
socialistas. Es que la coherencia de Lincoln radicaba justamente en haber
tenido una actitud consecuente con sus ideales y no creía que ser coherente
significa no cambiar de opinión.
En lo único que no cambió a lo largo de su
vida fue en su amor incondicional por el Club Nacional de Fútbol, equipo que lo
hizo llorar de alegría y de tristeza. Era un fanático de los
«bolsos». Pero un fanático ecuánime al decir de Carlos Maggi.
«Leí las notas que escribe sobre los de
Nacional y sobre los de Peñarol y le envidié el fanatismo y la ecuanimidad
absoluta, cómo puede admirar y querer a un adversario. Es una condición no muy
general, (…) defiende su tema por amor y lo trata con amor», dijo en el
programa En Perspectiva el 22 de marzo de 2013. «Es formidable eso»,
acotó Maggi.
Y sí, Lincoln era formidable.
Murió Lincoln Maiztegui Casas: un formidable amante del conocimiento
16/Sep/2015
El Observador, Por Gabriel Pastor